martes, 9 de febrero de 2016

MI EMBARAZO HASTA LA SEMANA 10

Cuando conseguí quedarme embarazada, por supuesto me dieron de alta en la clínica de infertilidad. Acabábamos una etapa y comenzábamos una nueva. Ese nuevo camino era totalmente desconocido para mi y no sabía que podía esperar. Aunque había muchas cosas que me sonaban, es cierto. Tengo dos hermanas que han estado embarazadas y 3 sobrinos, así que no todo era extraño para mi. Pero es cierto que durante mucho tiempo había querido estar ajena a todo lo relacionado con embarazos, ya que era un tema que me producía demasiado dolor.

Así que era hora de ponerme las pilas y tomar contacto con todo este amplio mundo del embarazo. ¡¡Ya formaba parte del club!! Ese del que siempre me había sentido excluida. Lo primero fue comprarme una agenda, para ir anotando la cantidad de citas médicas que fueron llegando. El primer paso fue acudir a mi médico de cabecera, él debía recetarme el tratamiento de progesterona y ácido acetilsalicilico a partir de entonces. Él me concertó cita con la matrona de mi centro de salud. La matrona me pesó, me tomó la tensión y me mandó unos análisis de sangre y orina, para verificar mi estado general de salud. Todo salió muy bien. También me explicó los hábitos saludables que debería seguir a partir de entonces: lavar muy bien la fruta y verdura, evitar comer carnes, pescados o huevos poco hechos o sin cocinar. Salir a la calle siempre con protección solar para evitar las manchas en la piel. Cuidar mi hidratación tanto interna (tomando suficiente agua) como externa (aplicar cremas para evitar estrias). Además, rellenó mi cartilla del embarazo con mis datos personales y antecedentes médicos. Por último me concertó las citas para las primeras ecografías, en las que se verifica que efectivamente hay embarazo y que el embrión tiene latido, una a las 8  y otra a las 10 semanas. Fueron muy emocionantes. Comprobar que nuestro bollito estaba creciendo bien, nos hacía inmensamente felices y hacía que consiguiéramos poco a poco ir creyendo que este sueño, por fin, se había hecho realidad.

Aunque la "dura" realidad del embarazo cobró forma de manera incontestable con la aparición de los famosos "síntomas". Que aunque tardaron en llegar, aparecieron finalmente haciéndose notar a base de bien: mareos, nauseas, vómitos, gases, estreñimiento, acidez... el clásico repertorio. Fue molesto, sí. Y aún lo está siendo. Pero no hay nada que empañe mi alegría y mi ilusión, así que me lo he tomado todo con mucho humor. Cada síntoma me lo tomo como signo de que efectivamente estoy embarazada. De que todo va como ha de ir. De que es real. Que todo esto es normal, y significa que pronto tendré a mi deseado bebé en mis brazos. Hubiera sido fantástico vivir uno de esos embarazos sin síntomas molestos, pero bueno, no estoy acostumbrada a los atajos, y tampoco me esperaba vivir un embrazo de libro.


En este periodo tuve un sobresalto importante, y tuve que acudir a urgencias en la semana 7. Fui al baño y ví sangre. El susto fue monumental. Era poquito, pero me quedé blanca. Sólo imaginar que ese sueño podría acabar en pesadilla, hacía que sintiera auténtico terror. Fuimos al hospital. Contamos nuestro caso, y me dijeron que esperara un poco. Pasó media hora. Estaba muy nerviosa. Intentaba no demostrarlo para que mi chico no se alterara. Lo veía aterrado. Pasó una hora. Estaba atacada. Pero seguía intentando disimularlo para que la angustia de mi chico no siguiera aumentando. Sabía que ese estado de ansiedad no me hacía ningún bien. Ni a mi ni a mi peque. Así que llamé a la enfermera y con mucha calma, expliqué que estaba empezando a ponerme nerviosa por tanta espera ¿quedaba mucho para que me atendieran? Me dijo que esperara. Así sin especificar. Pasaron 45 minutos más. Y yo ya exploté. Entré y muy enfadada pregunté si allí no atendían. Estaba fuera de mi. Sólo quería saber si mi embrioncito estaba bien. Sólo quería que me tranquilizaran. Me había costado años de sufrimiento llegar hasta ahi, y necesitaba saber que todo iba bien.

Salió una enfermera y cuando le dije que llevaba esperando casi 2 horas entendió perfectamente la situación y se hizo cargo de mi miedo, sin reprocharme nada. Estuvo muy cariñosa. Me abrazó y me dedicó palabras de ánimo. Pedí disculpas por mi salida de tono. Pero a esas alturas lloraba como una magdalena, imaginándome lo peor. Llamó a la ginecóloga y vino un sequito de 3 o 4 personas (supongo que algunos internos) para explorar y valorar mi caso. Vi el latido de mi peque. Y en ese momento sentí un alivio absoluto.  Repasaron mis antecedentes y fliparon cuando vieron el mamotreto de historia que me acompañaba. Entendieron entonces que estuviera tan sensible.

El diagnóstico fue amenaza de aborto. Me dijeron que tenía un hematoma y eso es lo que había sangrado. La formación de hematomas, según me contaron, es bastante frecuente. Tendríamos que ver como evolucionaba la cosa. Si el hematoma se hacía más grande, podría ser peligroso. Si se iba reabsorbiendo, todo iría bien. La pauta a seguir era permanecer en reposo absoluto. Cuando me dieron de alta en infertilidad, me dijeron que debía hacer reposo relativo y evitar esfuerzos. Pero en ese momento tuve que pasar a no hacer absolutamente nada. Ni siquiera las tareas de la casa. Nada de nada. Mi chico ha estado todo el tiempo a la altura de la situación. Ha sido un apoyo increíble y me ha cuidado al 100% estando pendiente de todo.

Así que mi misión a partir de entonces fue mantener la calma y dejarme mimar. Estaba dispuesta a hacer todo lo que fuera necesario por nuestro pequeño milagro.

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Ya sabéis que como cada día, tenéis nueva entrada en mi otro blog de

Rocío


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